
El «Déjà Vu» de los aranceles
24 de enero de 2026Christian Adell 24/01/2026
Hay una verdad que muchos prefieren ignorar:
por defectuoso que sea, el capitalismo es el único sistema socioeconómico que ha permitido que los pobres puedan prosperar e incluso, en algunos casos, hacerse ricos.
Ningún otro modelo, ni antiguo ni moderno, ha logrado algo comparable.
Durante décadas, el socialismo ha prometido igualdad, justicia y bienestar colectivo. Sin embargo, allí donde se ha aplicado con coherencia —desde la URSS hasta Cuba o Venezuela— el resultado ha sido siempre el mismo: igualdad en la pobreza. Al eliminar los incentivos a superarse, al castigar el éxito y al glorificar la dependencia del Estado, el socialismo no reparte prosperidad, sino escasez.
La retórica puede ser seductora; la realidad, devastadora.
Antes del capitalismo, el mundo occidental vivía bajo un sistema profundamente conservador en el sentido tradicional: el poder, la tierra y las oportunidades estaban reservadas a unas pocas familias. No se trataba de mérito ni de creatividad; se trataba de cuna. Si nacías pobre, morías pobre. Tu destino estaba fijado desde el primer día.
El capitalismo rompió ese determinismo histórico.
Por primera vez en la historia de la humanidad, un individuo sin apellido, sin fortuna y sin contactos podía transformar su vida a través del trabajo, la innovación o el emprendimiento. No todos lo logran, pero por primera vez es posible.
Los grandes nombres de la economía moderna —Steve Jobs, Elon Musk o tantos emprendedores invisibles que empezaron desde cero— son producto de ese marco institucional. Pero también lo son millones de personas que, sin aparecer en titulares, han ascendido socialmente gracias a la libertad económica: pequeños empresarios, autónomos, comerciantes, programadores, ingenieros, creadores.
Personas que han construido su destino sin pedir permiso al Estado.
Conviene insistir: el capitalismo no garantiza el éxito, pero garantiza algo infinitamente más valioso: la posibilidad.
Y esa posibilidad —la libertad de intentar, de fracasar, de volver a intentarlo— es la fuerza histórica que ha levantado a generaciones enteras.
Existe además un punto que suele ignorarse en el debate público:
el capitalismo no necesita ciudadanos dependientes; necesita ciudadanos productivos.
No premia la espera pasiva, sino la iniciativa.
No recompensa la queja, sino la creación de valor.
Cuantas más personas producen, más riqueza se genera. Cuanta más riqueza se crea, más oportunidades surgen. El capitalismo no roba el pastel: lo agranda. Es el único sistema donde no se trata de repartir miseria, sino de multiplicar posibilidades.
Por eso, cuando alguien critica al capitalismo sin comprenderlo, lo que realmente está cuestionando es algo mucho más profundo:
la libertad de soñar, construir y elegir tu propio camino


